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“SOÑAR CON ÍTACA”
Por Manuel Pérez Cedrés
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Ten siempre a Itaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años


y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino


sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

C. Cavafis

En definitiva, el hijo pródigo no es más que un hipster que se marchó con los bolsillos vacíos y volvió con la cabeza llena de buenas ideas. Aunque, tal vez, la Ítaca  (tanto como la parábola bíblica) a la que Cavafis y Homero sublimaron como sueño alcanzable, es ahora, más que nunca, una suerte de intelectualismo. La Ítaca que resplandece hoy, en un momento en el que los valores mundanos son representados sobre un lienzo o a través de una fotografía, es más un concepto fragmentario que una representación onírica. Esa Ítaca, la isla que sigue doliendo abandonar, convierte al combativo Ulises pretérito en un ardiente héroe de la subcultura, en tanto que prestidigitador de lo humano (demasiado humano, según Nietzsche) como fórmula de adaptación a este nuevo sentido del sueño. Digo hipster, efectivamente, para referirme a quien ha huido, inspirado por su propia consciencia, de la elegía a la individualidad como exacerbación de lo progre, acercándose a orillas de lo transcultural como símbolo del reconocimiento del humanismo en tanto que fuente inacabable de ideas y de goces. Irse así, insistiendo en el pensamiento de que nada jamás se abandona tácitamente si no ocurre antes en el corazón, es un volver más allá del fútil alimento del ego, es el regreso tras una aspiración cumplida.
En “Freud, Pasión Secreta” (John Huston, 1962), el famoso psiquiatra interpretado por el gran Montgomery Clift, es presa de sus propias disquisiciones sobre la ciencia y sobre su método. Su vanidad es, en sí misma, una Ítaca transfigurada; sus conocimientos significan el viaje de ida y vuelta a la grandiosa pequeñez humana. En “La Mirada de Ulises” (Theo Angelopuolos, 1995), la idea de volver a casa es tangible: A, el personaje interpretado por Harvey Keitel, regresa de una guerra emocional contra sí mismo a una guerra ineluctable, como si de verdad su emocionalidad brotara, tal que un trauma a la luz desde el embudo de un sueño, para hacer de lo dentro lo de fuera, para reencontrarse con la realidad misma que lo hace humano.
Soñar con Ítaca es volver a Ítaca. El viaje exterior, a vuelapluma, no es más que el resultado de la aceptación de que el viaje interno es el río que desemboca en el gran mar, que soñar (desde el hecho freudiano pero también desde la inocencia evocada por Saint-Exupèry) es la transmutación en carne viva de un pensamiento observado e integrado en el ser.
Valga lo anterior, a modo de exordio, para hablar de soñar y de volver al cine. Esto es, usando la idea de una isla a la que se retorna o como metáfora de un sueño conseguido que te alimenta de los manjares de la heroicidad, para hablar de cine. En esta manía atávica ya de celebrar la pasión por el séptimo arte, el Festival de Cortos Villa de La Orotava ha vuelto a llenar las salas en su novena edición. Cándido, Edgar y Pablo, Emilio, Octavio, Cris y Cayetana, Pablo, Iván, Dunia y Félix, David, Nacho, Bernabé, Irene, Oskar, Roger y Mario, Carles, Alicia, Gerardo, Javier, Héctor, Carlos y Toni, han conseguido una vez más con sus respectivas obras llenar el Teobaldo Power de espectadores ávidos, seguramente, por encontrar en la pantalla historias que les acerquen a la bondad de la hiperrealidad alejándoles del ruido de fondo vomitado por la maquinaría de los massmedia.
El cine, como fin y principio del camino, vuelve a ser una vez más en el regreso de  un pequeño festival que ya se ha hecho adulto, el protagonista principal de una organización que se ha empeñado de nuevo en hacer llegar al público una propuesta que comenzó como sueño y que se ha universalizado desde lo real. No hablaré, para no ser pesado, de lo costoso que resulta satisfacer las expectativas cada año mayores, pero sí reconocer que dichas expectativas (ligadas al gusto cambiante de un público aún más exigente si cabe) responden al proceso de adaptabilidad a la variantes multidisciplinares de exhibición del arte; a la forma de mostrar la obra sin que resulte aburrida por repetitiva o vulgar por anacrónica.
En este nuevo certamen se ha contado con la presencia del actor Juan José Ballesta, ganador de un Goya por “El Bola” en el año 2000, actor que llegó a la isla para seguir auspiciando un festival que apuesta año tras año por mostrar el cine como pieza de un  engranaje social cada vez más cercano al hecho artístico y más alejado de los convencionalismos, digan lo que digan. “Sequence” de Carles Torrens, el corto ganador en la sección oficial de este año, de la misma forma “Safari” de Gerardo Herrero y “La Ropavejera” de Nacho Ruipérez, «No tiene gracia» de Carlos Violadé, y “La Rosa del Desierto” de Emilio Alonso en la sección canaria, son fieles representantes de esa huida de lo común como reflejo de la llegada de los nuevos paradigmas que identifican al corto más como un largometraje pequeño que como una historia larga contada en poco tiempo por falta de medios. Podríamos decir entonces, que el cortometraje ha dejado de ser a la fuerza (más por aclamación popular que por apoyo económico) ese pequeño experimento de aquel que se siente cineasta para convertirse en el hecho tácito del que ya lo es.
En resumen, el cine, más accesible que nunca, se ha vuelta de la familia. Así que abramos las puertas a esa familiaridad, preparemos una buena mesa y sentémonos a disfrutar del espectáculo, para que, una vez más y para siempre, soñar con el cine sea volver a pisar las suaves orillas de Ítaca.